• marimén_te doy mi palabra

Mi relato "silencio"

Actualizado: 25 de sep de 2019

La diferencia entre una novela y un relato es sobre todo, la extensión. Un relato significa ceñir la narración a unas pocas páginas, crear en la brevedad sin dejar de profundizar en la trama ni en los personajes. Siempre me ha parecido una tarea minuciosa y delicada por el peligro que supone extenderse.


En: http://www.losrucheles.es/Relatos2019_30_Silencio.pdf


podéis leer varios relatos, entre ellos el mío. Y por esta publicación estoy agradecida.










SILENCIO


Necesito más huevos, un poco de leche y tres patatas antes de calentar el aceite. Mientras me dirijo hacia la nevera, observó cómo mis hermanas ya están sentadas ante el televisor. Esta noche es la gran final de un programa en el que concursan unos jóvenes para mostrar sus dotes como cantantes. Sólo uno es elegido entre todos, igual que yo he sido la elegida entre mis hermanas. El aceite ya hierve, añado las patatas a la sartén y lavo los huevos a conciencia. Soy maniática en eso, no quiero ni recordar de dónde salen. Devuelvo la leche a la nevera y me doy cuenta de que mis hermanas están absortas por saber quién va a ser el ganador. A mí me da igual y por eso me he ofrecido yo a preparar la cena esta noche. Nuestra madre trabaja hasta tarde y entre todas nos turnamos para ayudarla en las comidas. A solas me dice que no trabaje tanto y que les deje a ellas los platos para fregar. Que yo ya tengo bastante con lo mío y que es de justicia ofrecerme alguna ventaja sobre ellas. Para equilibrar, me repite. Y yo no quiero que me equilibren así, yo quiero otro tipo de igualdad, otra manera de compensar lo que me falta. Excusarme de lavar los platos no me soluciona nada y no entiendo porque insiste en esta estupidez. Cada vez que le contesto cómo me siento, mi madre se entristece y se le humedecen los ojos. Entonces me siento muy culpable de algo que no lo soy y maldigo mi suerte por dentro, muy dentro de mí para que ella no se dé cuenta.

Nunca me han gustado esos concursos, más bien siento una amargura que me reseca la garganta. Lleno un vaso con agua del grifo y lo vació de un trago. Me muerdo los labios para que el dolor impida mis ganas de echarme a llorar. Las patatas están en su punto, casi puedo oír como crujen en el aceite caliente. Añado los huevos batidos y la tortilla adquiere una forma esponjosa. Huele bien y distingo el aroma de los huevos al de las patatas. Tengo muy buen olfato, mucho mejor que mis hermanas, pero eso no es de extrañar. A los que nos falta un sentido, desarrollamos mejor los otros. Yo, a diferencia de mis hermanas, detecto en seguida si se quema algo en el horno o si el baño apesta, porque va a llover al día siguiente. También soy mucho más observadora y me doy cuenta de los detalles que a mi madre se le pasan por alto. Como ocurrió cuando una tarde mi padre llegó del trabajo con el cuello de la camisa manchada de carmín. A la tercera vez, avisé a mi madre y luego todo cambió entre ellos. Quizás nunca debí decírselo.


Le doy la vuelta a la tortilla. Ya casi está hecha, tiene buen aspecto. Vuelvo a observar a mis hermanas, la menor mordisquea las uñas y la mayor dice algo que las hace reír. No le he podido leer los labios, está demasiado lejos y, además, tampoco vocaliza lo suficiente para entenderla. De repente, ambas se levantan del sofá y no se les ocurre otra cosa que dar pequeños saltos mientras alzan los brazos en señal de victoria. Habrá ganado su favorito, el rubio del pelo rizado. No me alegro por él, ser el elegido no siempre es una buena noticia como, por ejemplo, lo es en mi caso. No gané, mi premio más bien fue un castigo: elegida para vivir en un silencio perpetuo dónde los ruidos son solo imaginarios, ya que nunca los he podido percibir. Nací sorda y moriré así. Sin saber jamás cómo suena la voz del que acaba de ganar. Solo soy capaz de imaginarme el crujir de una patata en una sartén y ni siquiera tengo la certeza de que ese sonido corresponda a la realidad. A veces me figuro como ruge el motor de un coche, el graznido de las gaviotas o el golpe de las olas del mar cuando embisten contra las rocas. En cambio, nunca me he preguntado como es mi voz. No quiero saberlo, me angustia que sea muy diferente al de mis hermanas o al rubio ganador del concurso. Y eso que ambos vivimos en el mismo mundo, sólo que el suyo es sonoro y el mío está sumido en un terrible silencio. Un silencio que sí puedo oír.


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