• marimén_te doy mi palabra

ENTREVISTA a olga merino

Actualizado: sep 4



Fotografía de Marta Calvo

Licenciada en Ciencias de la Información (Universidad Autónoma de Barcelona) y máster en Latin American Studies (University of London). Ha vivido en Londres y en Moscú. Ha publicado las novelas: Cenizas Rojas (Ediciones B, 1999), Espuelas de papel (Alfaguara, 2004), Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012) y La forastera (Alfaguara, 2020). Traducida al italiano, neerlandés e inglés. En 2006, obtuvo el X Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos por el cuento Las normas son las normas. Actualmente, es profesora en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès y columnista de El Periódico.


Olga, acabas de publicar La forastera (Alfaguara). ¿Podríamos clasificar tu novela como un wéstern contemporáneo?


La verdad es que no me desagrada en absoluto la etiqueta. Que nadie espere a John Wayne cabalgando por sus páginas ni a los apaches emboscados tras un cerro. En puridad, el wéstern clásico es el relato fundacional de Estados Unidos, la vida de frontera, los pioneros, la lucha por conquistar una naturaleza salvaje. Pero si consideramos que ese relato se enmarca en un mundo hostil y duro, pero a la vez bello y digno, entonces La forastera encaja perfectamente. La trama contiene, además, elementos intrínsecos a las novelas y películas del Oeste: la venganza, el peso del propio destino, la soledad, la vida errante.


Es una historia cruda y árida que se refleja en un paisaje agreste y un entorno hostil. ¿Hay algo de ti en esa dureza? ¿Angie tiene algo que ver contigo?


Es un paisaje del sur colmado de olivos, una tierra parca que sólo regala sus frutos con mucho esfuerzo. Puede decirse que el paisaje acaba siendo un personaje más de la historia, y no precisamente secundario. ¿Algo en mí de Angie? Compartimos la edad y algún retazo de la vida londinense. Pero también he puesto algo de mí en Nigel, el pintor inglés del que se enamora Angie.


Es inevitable que el escritor mezcle invención y experiencia, que desgrane algo suyo en cada personaje. Detalles propios, leídos y robados.



Tu vocabulario rico, cuidado contrasta con las imágenes ásperas que nos describes.


Paisaje e idioma van de la mano en La forastera. Desde el principio, tuve la voluntad de rescatar en La forastera un vocabulario rural, muy ligado a la naturaleza y a las tareas agrícolas, que poco a poco va desapareciendo.


Por sus orígenes, apegados al campo, en mi casa se escuchaban esas palabras de forma natural, sin imposturas; eran de uso cotidiano, palabras como trocha, támara, trébedes, escamondar, baldeo…

Crecí con ellas y, además, me recuerdo en la primera adolescencia, cuando descubrí a Delibes, con un lápiz en la mano subrayando todas las palabras que reconocía de oídas o las nuevas que me brindaba su prosa magnífica. Supongo que inconscientemente he querido rendir tributo a ese idioma heredado, un tributo que es también despedida, puesto que no se podría escribir con él una novela urbana. Miguel Delibes, por cierto, merecería un gran homenaje en el centenario de su nacimiento, en octubre, aunque el virus lo desluzca. Él fue el primer ecologista, por así decirlo.


En tu novela nos hablas de los suicidios. ¿Son hereditarios?


La espoleta de La forastera fue el suicidio de un amigo mío que esperó para hacerlo a cumplir la misma edad en que su padre se quitó la vida. ¿Qué significaba esa especie de ritual? ¿Es el suicidio hereditario? Yo me hice la misma pregunta. Investigué, pregunté a psiquiatras, leí, y no, no puede hablarse de que exista un “gen” que predisponga al suicidio. Lo que se heredan son patrones de conducta, cuando una persona, desesperada, recurre falsamente a lo que hizo su abuelo, un vecino del pueblo, un pariente lejano para escapar del atolladero. La tendencia a la depresión sí puede heredarse.


La forastera también nos muestra el dolor de los campesinos que emigran a las grandes ciudades y el de los pueblos vaciados de los que ahora tanto se hablan. ¿Nunca olvidamos nuestros orígenes?


Nunca. Pensemos en Nabókov, por ejemplo. Aunque cambió al idioma inglés, durante toda su vida creativa se nutrió de su sangre rusa y de la nostalgia.


Somos también nuestros muertos, las vidas de quienes nos precedieron.

En este sentido, cuando estaba terminando La forastera, me resultó casi epifánica la lectura de La España vacía (Turner, 2016), el ensayo donde Sergio del Molino define como “el gran trauma” el éxodo de millones de españoles, entre 1950 y 1975, del campo a las ciudades, principalmente Madrid, Barcelona y Bilbao. Ahí está el origen del despoblamiento rural ahora tan en boga.



Olga, fuiste corresponsal en Londres y en Moscú. De allí nacieron tu obra Cenizas Rojas. Háblanos de ello.


En realidad, a Londres fui a estudiar un máster, becada por La Caixa y el British Council, pero ocurrió que, durante mi estancia allí, se produjo la impresionante dimisión de Margaret Thatcher, cuando le hicieron la cama los propios tories. ¡Quién iba a dejar pasar un acontecimiento histórico de tal envergadura! Mandé crónicas, claro, e hice algún que otro reportaje.

En efecto, Cenizas rojas, mi primera novela, nació durante mi larga estancia en Rusia, inmediatamente después del colapso de la Unión Soviética. Tuve el inmenso privilegio de asistir a la transformación del sistema comunista a la economía de mercado a marchas forzadas, y fueron tantas las cosas que presencié y sentí, sin cabida en el corsé periodístico, que necesité contarlas de otro modo, en forma de novela, y dar por fin salida a mi vocación literaria. Precisamente, en mi próximo proyecto regreso a Moscú.



Espuelas de Papel (Alfaguara) es tu segunda novela. ¿Cómo nace?


Pertenezco a una familia de inmigrantes, tanto por el lado materno como paterno; formo parte de los descendientes de ese “gran trauma” del que hablábamos antes, la emigración rural que despobló nuestras aldeas. Quise hablar en la novela de ese mundo desarraigado, así cómo buscar respuestas a cuestiones de las que había oído hablar entre susurros, de forma muy deshilachada: la terrible, espeluznante, represión que los fascistas ejercieron sobre Andalucía durante la guerra civil. Queipo de Llano y sus acólitos.



Y en 2006 obtuviste el Premio Vargas Llosa NH por Las normas son las normas, una narración sobre las víctimas de la guerra de Crimea.


Parece de forma natural me decanto hacia los perdedores. El relato cuenta la historia de un amor imposible entre un soldado inglés, ciego y mutilado tras una emboscada, y su cuidadora galesa, un personaje vagamente inspirado en la figura de Florence Nigthingale, pionera de la enfermería moderna. No deja de ser curioso que mi adorado Lev Tolstói combatiera también en esa guerra, pero en el bando contrario, el del imperio ruso.



Perros que ladran en el sótano (Alfaguara) nos acerca al mundo homosexual, pero también habla del desarraigo, derrota y de desamor.


Sí, habla de un actor y cantante de varietés nacido en el Tetuán colonial. Habla de un desarraigo y derrota interiores. Con la ley de vagos y maleantes, la homosexualidad en la España de Franco era una tragedia. Una pelea para valientes.












Aparte de escritora, eres periodista y profesora de la prestigiosa Escola d´Escriptura Ateneu Barcelonés. ¿Escribir o enseñar a escribir? ¿Cómo disfrutas más?


Soy tan, tan, perfeccionista que rara vez disfruto con algo, ja ja ja. Siempre llevo en la mano el “látigo” del que habla Truman Capote en el prólogo de Música para camaleones. Más que el verbo “enseñar”, prefiero la expresión “acompañar en el proceso” de la escritura. Nadie enseña a tener ideas ni a forjar un estilo, pero sí existen ciertas técnicas, trucos y convenciones en narrativa que se pueden transmitirse y perfeccionarse.


He aprendido mucho enseñando.

Las clases me han obligado a sistematizar, dar forma y estructurar conceptos a que antes abordaba sin solfeo ni partitura, por intuición, a copia de lecturas. Ha sido una experiencia muy nutritiva.

Supongo que tu promoción de La Forastera se habrá retrasado hasta después del verano. ¿Qué proyectos te esperan?


El maldito covid ha sido un mazazo para todos y también para La forastera, que presentamos apenas dos semanas antes del confinamiento.


Un golpe porque llevaba ocho años sin publicar, y tenía muchas ganas de lucharla, de combatir por la novela en el ring y acudir allí donde tuvieran interés en ella.

La pandemia ha dado al traste con Sant Jordi y la feria del Libro de Madrid, los grandes acontecimientos literarios de la temporada, y para contrarrestar la pérdida, los escritores hemos hecho lo que buenamente hemos podido. En mi caso, he abierto perfiles en Facebook e Instagram, y he aprendido a manejarme con el Zoom. Tengo esperanzas, no obstante, de que como Angie, la protagonista, es una luchadora nata, pueda seguir resistiendo un poco más, para no desaparecer del mapa de un plumazo. Por eso te agradezco tanto la difusión a través de esta entrevista en el blog.

Por otro lado, estoy embarcada en un nuevo proyecto, una especie de ensayo–diario–crónica sobre los años peligrosos que viví en Rusia, un libro híbrido donde se mezclan vivencias personales y colectivas —la caída del coloso soviético causó también mucho sufrimiento—, así como lecturas de escritores rusos que me agradan. Estoy barajando dos títulos: Los años rusos o bien El abedul blanco. ¿Cuál te gusta más?

El abedul blanco le contesto convencida y le agradezco de nuevo su tiempo, sus ganas y me contengo de agradecerle muchas cosas más. Ya son muchos años aprendiendo a su lado.

Olga Merino nos honrará con su participación en nuestro Club de Lectura del Grupo Bojador. Si quieres participar y escucharla en directo (#culturasegura via zoom), contáctame: blogtedoymipalabra@gmail.com. En octubre leeremos su maravillosa novela La Forastera. Os aseguro que os encantará, os doy mi palabra.



Si quieres leer la entrevista de Mercedes Abad:

https://www.marimenayuso.com/post/entrevista-a-mercedes-abad

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